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Llega un momento, ladrón, cuando las joyas dejan de brillar, cuando el oro pierde su lustre, cuando el salón del trono se convierte en una prisión, y todo lo que queda es el amor de un padre por su hija. - Rey Osric (Conan el Bárbaro)
El héroe se arrastró, metro a metro, río arriba. Los juncos y el fango que se arremolinaban en las orillas del río lo ocultaban -o al menos, eso esperaba- de miradas indeseadas. Sus adoloridos músculos le gritaban que había pasado una eternidad nadando y reptando, acercándose a la entrada de las alcantarillas del castillo. Sin embargo, su mente, agotada pero lúcida, le indicaba que sólo un par de horas habían pasado desde que el Dragón Blanco lo dejó en la costa de la isla.
Al mismo tiempo que la oscuridad cayó sobre él, un velo protector se abatió sobre su conciencia. Su cuerpo siguió moviéndose, poco a poco y con el mismo cuidado, el mismo sigilo, pero su mente volvió al momento, unos meses antes, en los que su vida había cambiado...
* * *
Desde que nació no había conocido más que su aldea, Khytya, y las frondosas selvas que la circundaban. Pero con eso le bastaba, y nada más le pedía a la vida, aparte de lo que su gente y la selva podían brindarle. Creció recolectando, y al crecer, cazó. Conoció a una bella mujer, con la que se hubiera desposado esa primavera, y junto a quien hubiera deseado envejecer... Pero justo en ese momento, llegaron los hombres serpiente, y el mundo que conocía cambió.
Khytya sufrió un gran ataque, y la selva gritó de dolor cuando la sangre de sus habitantes regó su suelo. Los cielos se cubrieron con el humo de los incendios, y los ríos se tiñeron de rojo y de dolor. Recordaba haber defendido Khytya, haber peleado contra los hombre serpiente con su arco, con su espada, y con lo que quedó de ésta cuando se rompió, con sus manos, con sus dientes, con nada más que su voluntad. Perdió la cuenta de los enemigos que mató, pero donde caía una serpiente, parecía que dos ocupaban su puesto. Luchó hasta que ya no pudo más, hasta que una herida apagó su mundo...
Despertó unas horas después, arropado aún por el frío de la noche. Débil por la pérdida de sangre, caminó con paso vacilante por lo que unas horas antes había sido un pueblo lleno de vida, su hogar. El lamento de los moribundos y de los sobrevivientes llenaba la noche, cuya oscuridad era disipada por los fuegos que aún ardían, y por las piras funerarias que ya habían comenzado a aparecer.
Llegó a lo que había sido su casa, y lloró ante lo que quedaba de su familia. Caminó unos metros más, pasando frente a lo que habían sido las casas y tiendas entre las que había crecido, donde él y sus amigos habían jugado a pelear con monstruos invasores, usando espadas de madera y su imaginación. Cuando los juegos se hacían reales, ya no eran divertidos...
Por fin, llegó a su destino. Caminó entre las ruinas de la casa, y cayó de rodillas en medio de la misma. Abrazó el cadáver que tanto había abrazado mientras ella estuvo viva, y silenciosamente, lloró...
* * *
A la mañana siguiente encendió las piras con las que enviaba el alma de su familia y de la mujer que aún amaba al más allá. Abandonó lo que había sido su pueblo, y comenzó a caminar por la selva, alejándose hacia el Sur.
Él no sabía muchas cosas. Sabía cazar, sabía pescar, sabía ver el vuelo de las aves, sabía seguir pistas, y sabía cómo sobrevivir en la selva. Sin embargo, no sabía de dónde habían venido los hombres serpiente. Sabía que podía matarlos, y sabía que no se detendría hasta acabar con ellos o perder su vida vengando a su gente, pero no sabía dónde encontrarlos, o cómo detenerlos a todos. Lo que sí sabía era que en medio de la selva de Khytya vivía un ermitaño a quien los viajeros se referían como El Oráculo del Sur. Un hombre, santo o demonio, que sabía leer las almas, los espíritus y el viento, y hablar con los fantasmas. Era conocido por tener las respuestas a las preguntas de tu alma. El -ahora- viajero sabía cuáles eran las preguntas de su alma. Oh, sí... Se las había memorizado en sangre y dolor, en odio, muerte y venganza...
* * *
Por días y noches se deslizó por la selva como un animal. Su espada, rota en la mitad de la hoja al pegar contra el escudo de uno de los invasores, era el único arma que llevaba, para la selva, para su venganza. Comía lo que podía, normalmente luchando para no ser él el devorado. Al final, el viaje tuvo éxito: una entrada, disimulada entre el follaje, daba paso a una cueva natural.
Poco recordaba ahora de su estadía en la caverna del Oráculo del Sur. Neblinas -¿mágicas?- surcaban su mente y evitaban que recordara el rostro o las palabras de la encapuchada figura que había encontrado entre olores de incienso. Sólo recordaba haber despertado a las afueras de la caverna con una espada -¿mágica?- en sus manos, y en su mente un mapa con tres destinos: El Templo de las Mil Puertas, en las tierras selváticas pero muy al Este de donde se encontraba; el Gran Dinosaurio, en las candentes arenas del desierto entre la Ciudad de Plata y la nación comercial de Vendha; y las Montañas del Alud, frías y gélidas cordilleras nevadas al Oeste del Mar de la Niebla, en el reino de Hyrca. En esos lugares encontraría lo que necesitaba para cumplir su misión.
Acomodó su nueva espada en la funda de la vieja y, con una mirada final a la entrada de la cueva, comenzó lo más difícil de su viaje.
* * *
Meses habían pasado desde aquel momento y el presente. Meses llenos de combates y peligros, en los que estuvo a punto de morir. Recordaba su entrada al Templo de las Mil Puertas, donde sus habitantes, fantasmas castigados por la eternidad, trataron de hacerlo uno de ellos. Escapó -de milagro- con su vida, un amuleto de oro tallado como el rostro de algún animal desconocido, y un trozo de una gema blanca como la nieve; eso era lo que había ido a buscar, aunque no estaba seguro de cómo lo sabía...
Recordaba cómo había pasado por las tierras del gigante Polifemo, alegrándose de no haberlo encontrado en su camino. Recordaba la terrible travesía por el Mar de la Niebla a bordo de un barco que parecía de juguete ante la furia de los Gigantes del Viento. Y recordaba la forma en la que lo miraron en la Ciudad de Plata cuando dijo que iba a eliminar al Gran Dinosaurio, y las risas con las que lo echaron de la ciudad mientras le gritaban que pronto habría un bárbaro idiota menos en el mundo.
Recordaba el temor primigenio que había sentido cuando vio por primera vez al inmenso reptil que pensaba matar. Nunca en su vida había visto un animal tan grande. Pero si había algo que le había enseñado la vida en la selva es que todo lo que vive, muere. Era un cazador experimentado, y acabar con el Gran Dinosaurio sólo fue cuestión de usar una trampa del tamaño apropiado: tardó una semana en cavar un hoyo lo bastante grande para ocultar la trampa, y en colocar las armas -hachas, lanzas- y los huesos de las comidas anteriores del reptil en forma de peligrosas cuñas que lo recibieran al caer en él. Pero todo funcionó, y en el nido del inmenso animal -repleto de gigantes y preocupantes huevos- encontró la segunda parte de la joya.
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