El Templo de la Cobra |
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24-06-2008 16:51
Por: Oscuridad
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Si en viaje anterior por el Mar de la Niebla fue una pesadilla, entonces su limitado vocabulario no era capaz de expresar lo horrible que fue el viaje a las lejanas cumbres nevadas del continente al Occidente del mundo. Seres de fuego, serpientes marinas, y todo tipo de problemas los mantuvieron, a él y al resto de la tripulación de los barcos en los que viajó, al borde de la muerte. Pero gracias a los dioses, llegó a su destino final.
Paradójicamente, las solitarias laderas de las Montañas del Alud fueron la prueba más difícil que le tocó superar. Poco acostumbrado a las inhumanas temperaturas de esa tierra, habría muerto congelado de no ser por el medallón que había conseguido al principio del viaje, que le protegió hasta cierto punto del extremo frío. Finalmente, en la cima del mundo, consiguió la tercera parte de la gema.
Al unir las tres partes, una inmensa figura se había formado, al parecer de la nieve que lo rodeaba. Un gran Dragón Blanco se erguía frente a él. Sin decir palabra, el héroe se acercó al magnífico animal, y lo montó. Con un poderoso batir de alas, dragón y jinete se elevaron entre las nubes, en dirección al destino del hombre.
* * *
Sus adoloridos músculos le gritaban que había pasado una eternidad nadando y reptando, acercándose a la entrada de las alcantarillas del castillo. Sin embargo, su mente, agotada pero lúcida, le indicaba que sólo un par de horas habían pasado desde que el Dragón Blanco lo dejó en la costa de la isla. Pero al fin, había encontrado las alcantarillas.
En la oscuridad avanzó por los túneles, hasta las mismas entrañas del Templo de la Cobra. Una oxidada rejilla de metal le permitió entrar a los niveles superiores del Templo, desde donde se dirigió al centro del castillo.
¿Quién habría creado una estructura tan impresionante? Oscuros pasillos de piedra eran iluminados por antorchas colocadas en pedestales en forma de serpiente, cuyo humo manchaba un techo tan alto que gigantes podrían haber vivido cómodamente allí. Fuera obra de quien fuera, el héroe deseó que nunca se hubiera creado el Templo, y que nunca nadie tratara de recrear su gloria otra vez.
Sin previo aviso, un arco de piedra lo llevó directamente a la sala principal del Templo. En ese momento, el mundo se detuvo a su alrededor, y todo comenzó a moverse a cámara lenta.
Vio la inmensidad de la sala en la que había entrado, un salón tan lleno de tallas en forma de serpientes que parecía que las paredes estuvieran completamente cubiertas de verdaderas culebras. Sintió la maldad que impregnaba la sala, e imaginó la cantidad de sacrificios que con seguridad se habrían llevado a cabo allí desde el inicio de los tiempos. Vio a un par de hombres cobra, del otro lado de la sala, que sisearon llenos de odio al verlo entrar, y empuñaron sus armas mientras comenzaban a correr hacia él. Y sintió, más que ver, la odiosa estatua del antiguo dios-cobra que llenaba la pared más alejada del salón.
La estatua, en forma de una inmensa cobra dorada con un gran rubí engastado en el cuerpo -el legendario Ojo Mágico- parecía al mismo tiempo estar muerta y viva. Daba la impresión de no haber sido tallada por manos humanas, ni siquiera mortales, sino de ser el cuerpo de piedra de algún ente más antiguo que el tiempo, y más malvado que cualquier otra cosa que hubiera reptado bajo la luz del día o en la oscuridad de la noche.
El tiempo volvió a correr a una velocidad endemoniada. El héroe apenas tuvo tiempo de detener con su espada los ataques de los hombres-cobra. Vio sus sonrisas, en inmensas bocas llenas de colmillos y de odio, húmedas de saliva venenosa. Sus inmensas cabezas, idénticas a la de una cobra, sobresalían de hombros similares a los humanos, pero recubiertos de escamas. Sus manos y pies, terminados en garras, eran armas tan terribles como los colmillos que trataban de clavar en su carne, o las mazas con las que intentaban romper sus miembros.
Los ataques de las dos criaturas lo hicieron alejarse del ídolo, luchando a la defensiva por su vida, trayéndole a la mente la desesperación de aquella lejana noche en la que su vida se había acabado, de aquel momento en el que no pudo defender su pueblo, a su familia, a su amor. La desesperación le dió fuerzas donde no habían, y de un arriesgado mandoble, casi decapitó a uno de los híbridos, que cayó ahogándose en su propia sangre.
El otro hombre-cobra se alejó un poco de él, y el héroe sólo tuvo tiempo de alzar su espada. Un haz, un rayo, de magia, de energía, de algo, lo impulsó contra la pared tras él. Un sonido de huesos rotos precedió a un dolor insoportable en uno de sus brazos, que había recibido todo el peso de su cuerpo.
El héroe vio, mientras a duras penas se mantenía en pie, al hombre-cobra acercarse a él nuevamente... Distinguió, a lo lejos, a la estatua, que lo miraba con sus oscuros ojos de rubí, rojos como la sangre. Levantó su espada -¿mágica?- ante él, quizás en una muda súplica, quizás en una silenciosa oración, y con todas sus fuerzas, con todas sus ansias de venganza por su gente, con todo el odio que por su perdido amor le quemaba por dentro, la lanzó.
La espada voló a través de la sala. El hombre, sin más fuerzas, resbaló lentamente hacia el piso, sin que sus ojos abandonaran su última esperanza. El hombre-cobra, sin poder creer lo que sus ojos le decían, también siguió con la mirada la espada. Y la espada, ignorando seguramente a los hombres que la veían, se enterró hasta la empuñadura en la estatua de la Gran Cobra, justo en la gran gema de la base, haciéndola añicos.
Una explosión estremeció los cimientos del Templo de la Cobra. El cuerpo del hombre cobra fue arrojado contra el humano, protegiéndolo en parte del ardiente choque de la explosión. Y todo se oscureció...
* * *
Una vez más, el héroe se despertó desorientado y adolorido. Pero esta vez no sentía el dolor de la pérdida, sino la serena alegría de haber cumplido su destino. Junto a él sintió la respiración del hombre-cobra, aún vivo. Lentamente rodeó su cuello con la cadena del medallón y apretó hasta sentir que el híbrido dejaba de respirar.
Sentía que el Templo retumbaba, y vio cómo poco a poco las paredes y el techo comenzaban a ceder. Sin el poder de la Gran Cobra, el Templo comenzaba a desmoronarse, amenazando con aplastarlo. Sin poder moverse, sonrió. Su venganza estaba cumplida, y si moría sepultado, sería una buena muerte: la muerte de un héroe victorioso.
Aún no podía creer que hubiera acertado ese golpe desesperado, ese lanzamiento de la espada a la estatua de la Gran Cobra. Quizás, después de todo, había habido algo de ayuda de los dioses. Pues bien, que los dioses decidieran si debía vivir o morir aquí y ahora. Realmente, no le importaba. Si moría, estaba seguro de haber ganado un lugar junto a su amada.
Las rocas siguieron cayendo a su alrededor, mientras el hombre, el héroe, seguía riendo. Pasara lo que pasara ahora, decidieran los dioses lo que decidieran, había ganado.
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